#396. Mamando verga en el salón comunal

“Tienes sitio?” le pregunté.

“Sí” respondió #396.

Cuando a uno le dicen que tienen sitio, espero que sea en la comodidad de su habitación, o en el sofá de la sala mínimamente. Para #396 tener sitio no era tener disponibilidad en su casa, sino en el salón comunal de su conjunto. Me tomó por sorpresa cuando me recibió en la portería ver que nos dirigíamos a lo que parecía ser el salón social donde se hacen reuniones y fiestas.

Hacerlo en un salón comunal es un tipo de cruising que nunca había experimentado, aunque no es cruising 100% porque es un lugar que, al fin y al cabo, es propiedad privada. #396 era moreno, medía 1.78, tenía unos ojos negros oscuros, pestañas largas y un rapado al estilo militar. No tuve la suerte de verlo desnudo y me hubiera gustado saber que no iba a aguantar venirse antes de penetrarme para no quedarme con las ganas que me follara.

En ocasiones, algunos con los que me he acostado me han decepcionado al venirse tan rápido masturbándose, sin tener la oportunidad de sentir sus penes pasar por las paredes de mi ano.

Afortunadamente, hay unos que tienen la decencia de avisar que se van a venir. Con otros simplemente me doy cuenta al sentir su chorro de semen caer en mi lengua y mi paladar.

#396 yacía sentado en la silla Rimax blanca del salón comunal de su edificio mientras yo estaba arrodillado sobre la loza fría. Todo estaba en silencio y, sin embargo, mi miedo respecto a un posible descubrimiento por parte de los celadores era mínimo. Le quité el cinturón y bajé la cremallera de su jean para dejar salir su pene todavía pequeño y flácido. En cuestión de minutos logré ponérselo duro. Su pene se veía lubricado y brillante, eso me recordó bastante de los primeros penes que vi en mi vida. Mientras #396 hacía sonidos de placer empecé a quitarme el cinturón.

“Cógeme”, le pedí.

“No todavía” respondió.

De la boca de #396 solo salían obscenidades: “Gonorrea, oh si, jueputa! Hazme venir!” Sentí su cuerpo temblar y aunque no podía ver empezó a masturbarse más rápido. Las vibraciones de sus gemidos se transmitieron perfectamente a mi pene. Moví mi mano hacia mi pene para masturbarme al ritmo al que movía mi lengua contra su glande.

Sus gemidos cortos se volvieron más largos a medida que reconocí el orgasmo que venía de #396.

“Oh mierda, puta, me voy a correr!!” Exclamó #396 con los ojos cerrados inclinándose hacia arriba con cada músculo de su cuerpo a punto de llegar al clímax.

“Vente en mi cara”, le pedí. La franqueza s mi petición lo empujó hacía el límite. Sus gemidos se volvieron una secuela a medida que follaba mi boca de una manera cada vez más intensa. #396 estaba cerca, muy cerca. De repente se quedó quieto. Sentí una eternidad desde ese instante en el que paró hasta que lanzó su descarga. Estaba caliente y espesa, sentí su semen cubrir al menos la mitad de mí cara. Cubrió mis labios, mi nariz, mis ojos y mis pestañas.

Se disculpó por no haberme cogido diciendo que yo lo mamaba según él, “delicioso”. Al parecer mi extenuante práctica y clases de cómo mamar una buena jerga han dado resultado.


Puntuación: 4 de 10

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