#401. El que aullaba como lobo

Estaba en el apartamentode #401, quien me había invitado a ver un partido de Colombia en su televisor de 60 pulgadas. Debía tener 32 años. Era alto, con cejas pobladas, nariz grande, blanco y unas mejillas rosadas que resaltaban su juventud. Es un economista de los Andes y actualmente hace una maestría sobre algo relacionado con gerencia.

Nos tomamos unas cuantas cervezas y cuando se terminó el partido me preguntó si quería ver algo de porno. Le dije que no tenía problema y buscó un video en específico que puso en el internet de su smart tv. El video era de un europeo rubio y musculoso teniendo sexo con un pollo de unos 20 años delgado.

La traducción en español del video era algo como: “hombre musculoso destruye el ano de chico sumiso”. No niego que me excité a medida que el video transcurría, los dos actores estaban muy buenos. Fue #401 quien sacó su miembro primero, el cual ya estaba duro y completamente parado.

Mi mirada dejó de enfocarse en el video proyectado en el televisor y se dirigió hacia su verga gruesa y grande. #401 se empezó a masturbar y vi su glande rosado listo para follarme. Se acercó hacia mí y empezó a tocar mi pantalón y mi miembro que se ponía cada vez más grande con el provocativo movimiento de su mano.

Volví a mirar el televisor y para ese entonces había un video de dos activos latinos cogiéndose a un pasivo en 4. “Quiero hacerte eso” me dijo.

Se paró de la cama y lo vi desnudarse en frente mío, vi su pene erecto ponerse más grande y hacia arriba. Se acercó para manosearme todo, empezó por mis piernas, luego mi pene hasta llegar a mi abdomen. Quería seguir sintiendo su manoseo en todo mi cuerpo con sus fuertes manos, lo hacía de modo muy erótico.

Poco a poco me fui quitando la ropa y cuando estábamos completamente desnudos sentí su pene erecto rozar mi piel ocasionalmente a medida que me tocaba con tanto morbo.

Se inclinaba hacia mí y sentía sus manos tocar mis piernas hasta hacer contacto con mis bolas para luego seguir con mi espalda y mis nalgas, haciéndome desear más y más sus manos sobre mí.

Se acostó encima mío mientras me hacía disfrutar del contacto entre las palmas de sus manos, sus dedos y mi cuerpo. Sentí su pene moverse de arriba a abajo, justo a la entrada de mi ano.

“Te gusta?”, me preguntó y eso me volvió loco. Estábamos listos, ninguno de los dos hubiera aguantado más tiempo sin yo tenerlo dentro y él estando dentro de mí. Se puso el condón y sentí el empujón de su pene: lo hizo despacio, estaba usando las paredes de mi ano para darse placer.

La sensación de su pene entrar y salir de mi apretado culo y la piel de nuestros pechos tocándose me puso más excitado. Puse mis manos sobre sus hombros y dejé que hiciera lo suyo.

Gradualmente sacó su pene de mi culo y me dejó con una sensación increíble de volver a tenerlo dentro. “Estoy que me vengo, no me quiero venir todavía” me explicó al ver mi cara de confusión después que sacó su pene.

Sentí la presión dentro de mi ano de nuevo, sólo cuando lo sentí penetrarme de nuevo, apreté mi culo. Me lo hizo despacio, se movía tan lento como podía para no venirse. Moví mi culo a un ritmo más rápido y apreté mi ano lo más que pude, era como si quisiera hacerlo venir.

Me cargó y me movió al centro de la cama, como si no aguantara más y estuviera a punto de llegar.

El frenesí de la sensación hizo que le pidiera que me siguiera follando: “cógeme! Dame así!” Le pedí entre gemidos. Quería ver cuánto más tiempo era capaz de penetrarme sin venirse. Veía en sus ojos su esfuerzo para contenerse, a tal punto que paró de moverse por completo.

“Me vas a hacer venir!” Exclamó después de dejar de moverse, pero seguía dentro de mí. No paré de gemir, quería continuar el juego que había empezado al que le llamé: cuánto más eres capaz de aguantar sin venirte.

Su próximo movimiento fue único: Empujó su pene tan fuerte como pudo en lo más profundo de mi cuerpo, a tal punto que estremeció mis músculos internos. Sentí la presión, esa presión que uno puede sentir cuando se están viniendo.

Sus ojos se cerraron con fuerza y dejó salir un aullido que bien podría confundirse con el de un lobo, así sonó. Cayó sobre mi cuerpo y sentí el pálpito de su corazón y su acelerada respiración en mi cara.

Me explicó que no tenía sexo desde hacía un mes y por eso estaba tan arrecho. Me tragué su leche del condón y me encantó el sabor: era amarga y salada. Me vestí rápido porque ya iba tarde a clase. Llegué tarde ese día pero valió la pena.


Puntuación: 10 de 10

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