#412. El que no tenía expresión

“Y qué hay ahí?”, “Que va a hacer allá a esta hora?” “Qué queda en ese edificio?”, “Qué andaba haciendo ahí donde lo recogí?”, son preguntas que hacen los metiches y sapos de los taxistas cuando voy hacia o me recogen en la casa de #alguien con quien voy a tener/tuve sexo.

Me enerva, me emputo, me produce una ira increíble cuando se ponen de preguntones. Qué le importa saber qué voy a hacer o qué hice donde me recogió?. Nunca he podido con estas preguntas, tal vez porque me siento obligado a mentir y me pongo nervioso, cuando mi vida sería mucho más fácil si simplemente no se metieran en mis asuntos.

Cuando me hacen este tipo de preguntas, siempre les respondo que voy a recoger unas gafas si voy hacia donde el #susodicho; o si estoy de vuelta camino a mi casa después de haber estado con el #susodicho, les digo que vengo de mandarme a hacer las gafas.

Si tuviera que contar las veces que “he sacado gafas”, habría invertido millones de pesos en gafas nuevas. Me parece una buena excusa y hace que los taxistas dejen de hacer preguntas maricas. Al principio me inventaba mil cosas y seguían preguntando, era como una bola de nieve de cuestionamientos, uno detras del otro hasta que se me ocurrió la idea de las gafas, que desde entonces ha tenido éxito para calmar el chisme de algunos taxistas.

En el trayecto a la casa de #412 tuve la mala suerte de tener un taxista chismoso. Más chismoso que 3 viejas juntas. Usé mi arma de doble filo de “voy a recoger unas gafas” y el imbécil me hizo todo un cuestionario sobre mi historial clínico de mi “visión borrosa”.

Por fin llegué a la casa de #412 y me libré de la aburrida conversación con el taxista sobre miopía, astigmatismo y visitas al oftalmólogo y optómetra.

Me anuncié en la portería y #412 tardó un poco en contestar. Siempre he tenido miedo de dar mi cédula cuando me la piden a la entrada del edificio de alguno de mi lista. Pienso que van a usar ese número en mi contra para despresrigiarme, es como darles mi dirección, mi hoja de vida, todos mis datos personales. No es muy evidente pero tiendo a ser algo paranóico.

Di mi cédula y el celador me hizo seguir. #412 me estaba esperando y abrió la puerta inmediatamente después que toqué el timbre. Mide 1.83, es blanco, de ojos verdes, tiene el pelo rizado y corto.

Apenas lo saludé vi su paquete, se veía un bulto grande debajo de su jean oscuro. Sentí ganas de saber qué había detrás de ese denim . Lo descubrí pocos minutos después acostados en su cama. #412 es muy pasional, le gusta dar besos largos y cargados de morbo. Nunca me habría imaginado que es así de bueno besando.

Me desnudó con la mirada, me sentí morboseado de pies a cabeza de una manera muy excitante cuando me recosté en su cama. Se bajó los pantalones y le bajé los boxers. Salió su verga colgando, algo “aguada”, un signo que necesitaba una buena mamada.

Me metí su verga hasta el fondo. Jugué con mi lengua y su glande, como alguien de mi lista alguna vez me dijo que le gustaba. Cuando tomó confianza me agarró del pelo y me movió adelante y atrás hasta tenerlo completamente erecto.

Vi ese pene lindo, recto, entre blanco y rosado listo para metérmelo todo hasta el fondo. Sentí unas ganas de cabalgarlo. #412 se acostó boca arriba y me puse encima de él para ensartármelo todo. Entró fácil y rápido. Lo que más me gusta de esta posición es que puedo tener el control de todo, y no hay forma de que el activo me pueda lastimar o provocar dolor porque soy yo quien decide sobre la profundidad y el tipo de movimiento.

Me gusta cuando me agarran de la cintura y me señalan a qué ritmo quieren que me mueva, pero #412 no lo hizo. Aceptó mis movimientos de arriba a abajo: ensartándomela y luego sacándola, después fui de adelante hacia atrás.

Su cara era la misma todo el tiempo, como si no tuviera alma, no tenía expresión alguna pero sospecho que le gustaba. Se vino mientras lo cabalgaba en esta posición. Por su cara nunca me di cuenta cuando lo hizo. Tampoco quise interrumpir su orgasmo pidiéndole que no se viniera todavía. Simplemente dejé que disfrutara de mí como su cuerpo se lo pidió.

Me vestí y pedí un uber, con la esperanza que no saliera chismoso. Afortunadamente el conductor no era para nada conversador y en el camino nos fuimos escuchando la mega todo el tiempo.


Puntuación: 5 de 10

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