#533. El casado guapo y dominante

El morbo que producen los casados es diferente al típico morbo que siento cuando cojo en un lugar público o cuando hay gente viéndome tener sexo con otro. Saber que le están siendo infieles a sus esposas conmigo es una sensación muy satisfactoria, de otro nivel, se siente como una corriente de adrenalina que recorre todo mi cuerpo.

#533 tenía algo que me tuvo erecto todo el tiempo que estuve con él. No sólo era su físico, sino su personalidad naturalmente dominante lo que hizo que #533 sea uno de los encuentros más memorables que he tenido. Hay hombres que les gusta dominar, unos lo hacen mejor que otros. #533 está en mi top 3 de los mejores dominantes con los que he estado.

Era blanco, medía 1.65, aparentaba tener 40 años, tenía el pelo un poco largo, con unas canas que se le veían más sexy que a George Clooney. Sus labios eran rosados y delgados. Tenía una barba abundante. Se veía tan bien en su traje elegante de ejecutivo, llevaba puesto unos zapatos negros brillantes, vestido gris, camisa blanca y corbata. Era guapo, tenía una cara redonda con un mentón de modelo, y a pesar de su edad sus facciones inspiraban juventud.

Su mirada era penetrante, masculina y muy seductora. Cualquiera que viera a #533 podría afirmar que era un maduro sexy y muy guapo. Sospecho que le llueven las mujeres, y también los hombres gays y bisexuales.

Nos conocimos en un bar gay, allí lo vi solo con una cerveza en la mano y supe inmediatamente que era mi objetivo. Después de varias miradas me acerqué y me paré al lado, nos quedamos mirándonos fijamente y le señalé una puerta donde podíamos entrar para hacer cosas, logré convencerlo y entramos al cuarto pequeño que había detrás de aquella puerta. Cerramos con seguro y acerqué mi mano a su pecho para desabotonar su camisa, pero inmediatamente agarró mi mano y me detuvo. “Quieto”, dijo en un tono muy serio. Su seriedad lo hacía aún más sexy y le daba un toque más masculino de lo que ya era.

“Chúpemelo”, me ordenó, me encantó la forma como me lo dijo, era como si yo fuera su esclavo y no tuviera otra opción. Me arrodillé y manoseé el bulto que había entre sus piernas el cual estaba empezando a ponerse duro, lo toqué por unos segundos esperando a que se agrandara, luego bajé la cremallera del pantalón y sacó su miembro. Su pene salió poco a poco por el hueco de la cremallera, era cabezón, venoso y blanco. Todavía le faltaba para estar bien erecto, solo sería necesaria una buena mamada para ponérselo bien duro.

Agarré su miembro con mi mano y empecé metiendo la cabeza rosada y brillante a mi boca, fui metiendo su pene cada vez más profundo hasta que sentí como se empezó a hinchar y estuvo completamente duro en mi boca.

Le gustaba atragantarme con su vergota, de vez en cuando tenía que retirarla para poder respirar y no vomitar, pero cada vez que lo hacía me ordenaba que volviera a meterla. Con el tiempo empezaron a caer lágrimas por mis ojos, un efecto muy común cuando he pasado minutos con una verga saliendo y entrando profundamente por mi boca. Tomó mi cabeza con su mano y la movió como quiso, conduciendo mis labios y mi garganta para llegar cada vez más profundo su miembro a mí garganta. “Le gusta perrita?” “qué perra tan rica!”, me susurraba mientras se lo mamaba en su voz gruesa, y cada vez que lo hacía una corriente de calor pasaba por mi cerebro.

Llegó un punto en que no pude aguantar más y tuve que sacarlo de mi boca, respiré profundo y descansé por unos segundos después haberle dado una mamada maratónica. Me siento orgulloso de esa mamada que le di, cualquier actor o actriz porno me hubiera quedado en pañales.

“Eres bisexual o gay?”, le pregunté. “Soy casado”, respondió. Miré inmediatamente su mano, me percaté de su argolla. Mi verga se puso aún más dura. Enseguida le pregunté si tenía hijos y me dijo que tenía dos pero no quiso ahondar en su vida familiar y personal. Me dio morbo saber que estaba en frente la verga de un casado, me imaginé cuando debió entrar por la vagina de su esposa y cuando salió su esperma por ese glande para dejarla embarazada de sus dos hijos.

Subí mi mirada para ver al casado guapo, acerqué mi mano a su camisa para intentar desabotonarla y ver su pecho que tanta curiosidad me daba, pero inmediatamente agarró mi mano y la lanzó hacia un lado, me miró con una cara de macho cabrío que me puso más duro, “No!”, exclamó con rabia. “Quiero que te quites la camisa, quiero ver tu pecho”, le pedí. “No, de malas, no me voy a quitar nada”, respondió. A pesar de esto creo que ya no necesitaba ver su pecho, fue suficiente escuchar su voz gruesa diciéndome que no se iba a quitar la camisa, eso me excitó. “Por favor!”, le dije, pero no me hizo caso. Enseguida agarró mi cabeza con sus dos manos y la bajó. “Chupe!”, me ordenó. Me encantó la forma dominante como me hablaba.

Me metí su verga en mi boca de nuevo, ya había descansado un rato y tenía toda la energía recargada para darle una mamada aún más profunda. Mientras se lo chupaba aproveché para manosear sus piernas, sus brazos y su pecho. Pasé mis manos por sus tetillas y su estómago, imaginando cómo se sentiría su pecho y cómo se vería si no tuviera su camisa puesta. Será que es velludo? tiene pectorales marcados? tiene una panza de casado linda?, eran preguntas que se me pasaban por la cabeza. De hecho, que tuviera toda la ropa puesta abrió una ventana de imaginación y lujuria en mi mente por el morbo que me produjo verlo en su traje elegante de oficina.

No aguanté más, necesitaba al menos sentir su verga rozar mi ano, como perra me levanté y me desnudé rápidamente, quería mostrarle y ofrecerle mi culo, hacerle saber que podía hacer lo que quisiera conmigo. Me bajé los pantalones con afán y me apoyé contra la pared con mi culo hacia su cara para que pudiera morbosearme. Mi estrategia funcionó, volteé mi cara para ver su reacción al ver mi culo y su mirada lo dijo todo. Frunció sus labios y se levantó de la silla, se paró detrás mío y agarró mi culo fuertemente con sus dos manos, me dio unas nalgadas que me hicieron gritar del placer y del dolor, también las acarició. Luego se arrodilló y besó mi culo, introdujo sus dedos en mi ano. Sentí como estimuló mis paredes anales, me imaginé su verga entrando y saliendo de allí. Gemí fuerte y me retorcí contra la pared mientras #533 exploraba cada centímetro de mi trasero.

Apoyé las palmas de mis manos sobre la pared y empecé a mover mi cuerpo hacia adelante hacia atrás con un ritmo sexual, como si me estuviera cogiendo. Mientras tanto su dedo entraba y salía de mi ano a toda velocidad, mis gemidos aumentaron. Luego volvió a darme palmadas, las cuales se volvieron cada vez más fuertes. “Au! Au!” le gritaba cada vez que me dolía, pero era un dolor acompañado de mucha lujuria y excitación. Giré mi cuerpo y agarré su pene erecto, me agaché y lo metí en mi boca hasta lo más profundo que pude. Estaba cargado de adrenalina y excitación, mi mamada había mejorado significativamente para ese entonces, esperaba recibir su leche con ansias.

Le succioné las huevas, la cabeza del pene y me lo metí hasta el fondo. Luego lo agarré con mi mano y lo masturbé mientras le besaba la cabeza. “Le gusta perra?”, me repetía #533 mientras me jalaba del pelo. No podía hablar porque tenía la boca llena de su verga, pero con algo de esfuerzo y con mi boca mamándoselo le dije: “Me encanta!”. Levantó la mano y me dio una cachetada en mi mejilla, segundos después me dio otra cachetada en la otra mejilla, y así me dio al menos 5 cachetadas que me dejaron la cara roja, disfruté cada golpe que me dio en la cara.

Empecé a sentirme cansado, llevaba más de media hora recibiendo sus nalgadas, sus cachetadas y atragántandome con su verga evitando vomitar, así que le empecé a pedir leche. “Dame tu leche!, dame leche!”, le rogaba. Se empezó a masturbar por primera vez, era un signo que también quería darme semen. Le pedí leche como si la necesitara para vivir, como si fuera el último hombre en la tierra. Mientras se masturbaba me gustaba pasar mi lengua por su cabeza. Presentí cuando estuvo a punto de venirse, volví a introducir su verga en mi boca hasta el fondo, lo masturbé con mi lengua y mis labios hasta que sentí su leche caliente llenar las paredes de mi boca. Era salada, no sé con certeza qué tan abundante era, pero produjo la suficiente cantidad de leche para poder saborearla y sentirla derramarse por mis dientes, mis encías y mi lengua.

La sostuve por un buen tiempo en mi lengua, saboreé muy bien la leche del casado y finalmente me tragué hasta la última gota. Pasé mi lengua por por cada centímetro de mi boca para asegurarme de ingerir cada mililitro de semen que había depositado allí. Se subió el pantalón, cerró su cremallera y se abrochó el cinturón. Ahora era mi turno de venirme, me senté y me masturbé mientras lo morboseaba de pies a cabeza.

Antes de salir del cuarto me dio una palmada en las nalgas. Me masturbé después otra vez recordando el momento en que sentí la expulsión de su semen en mi boca.


Puntuación: 10 de 10