#536. El que iba a salir del closet

Intento no hablar sobre él. Acaso no es suficiente con que #23 sea la razón de mi lista en Excel, la cual se transformó en este diario? Odio victimizarme, odio volverlo el victimario, odio decir que es la razón por la cual decidí nunca volver a enamorarme.

Pero hoy me queda imposible evitar volver a mencionarlo. En realidad, es imposible no recordarlo todos los días cada vez que pongo “Donde estés llegaré” de Alexis y Fido y “me niego” de Ozuna en Spotify. Incluso “cancioncitas de amor” de Romeo Santos, algo ya quemada en mi cerebro se cola de vez en cuando. Escucho tanto estas canciones porque me recuerdan a él? O lo pienso tanto que por eso me gusta escucharlas? A pesar de esto, estas canciones me inspiran a escribir este diario y me hacen sentir vivo cada mañana, tal vez ese el sentimiento más memorable que puedo sentir durante el día.

Si este diario fue creado para desahogarme y contar mis deseos, mis frustraciones y mis miedos, entonces es pertinente no continuar evadiéndolo. Lo había evitado porque hablar sobre él aquí es como revivir un pasado que debería estar superado, como continuar en ese círculo vicioso que no me lleva a ningún lado, como echarle la culpa a algo donde nadie es el culpable, con sólo pensar en él me pongo emocional. Tal vez por eso siento un nudo en la garganta cada vez que alguien trae el tema de la razón de este diario o de las relaciones sentimentales e intento desviar la conversación para no tener que hablar de él.

Hubo una época en la cual muchos hombres se me parecían a #23, ya fuera por su estatura, su boca, sus ojos, su frente, su pelo, su piel o la forma de su cara. Lo veía en todo lado, y eso no era buena para mi salud emocional.

La semana pasada estaba en el transmilenio y vi a alguien que se parecía mucho a él, era tan guapo como él, tan parecido en su mirada, su piel y su estatura. No pude evitar mirarlo durante todo el trayecto. Lo recordé y me imaginé que era él y que le hablaba para saludarlo y preguntarle cómo estaba. El transmilenio llegó a mi destino y me tuve que bajar pero él continuó allí, salí de la estación sin ánimo, con un sentimiento de tristeza. Mi mañana fue como una nube oscura que con el pasar del día se fue despejando para dejar ver el sol.


Ahora volviendo al personaje de este relato, hay unos encuentros que pueden ser mejor no concretar. “Pero no te demores”, “dentro de cuánto llegas” (con insistencia, pues es una pregunta normal) y “no puedes antes/después?” pueden ser una alarma para decir: “no gracias, dejemos así”. Y no me refiero a cancelar el encuentro porque haya afán, pues un rapidito siempre es rico a cualquier hora del día. La razón se debe a que si una persona se encuentra en su casa y tiene prisa porque existe el riesgo que llegue el roommate, herman@, padres o amigos durante el acto sexual, la persona puede cancelar el encuentro cuando uno está en la portería y hacerle perder a uno el dinero y el tiempo que invirtió en llegar hasta su casa.

Por alguna razón, mi instinto me dijo que podía confiar en #536. A pesar que me dijo que no podíamos demorarnos porque su papá iba a llegar dentro de poco, decidí aceptar su invitación. Las fotos que me envió mostraban un hombre joven de 21 años muy normal físicamente, nada del otro mundo, pero se veía aceptable. Me envió su ubicación y afortunadamente estábamos cerca, me dio la dirección y llegué poco tiempo después.

Llegué a su apartamento, medía 1,60, era moreno y aparentaba tener menos de 21 años. Hablaba en voz baja y parecía algo encorvado. Nos saludamos con un apretón de manos y lo seguí hasta su habitación. Me recordó que no nos podíamos demorar porque su papá podía llegar.

Nos desnudamos, su cuerpo era delgado con un estómago prominente para su contextura. Lo masturbé con mi mano y cuando lo tuvo duro me di cuenta que su pene era más pequeño que el promedio, pero me tranquilizó porque sabía que no iba a doler. Se acostó boca arriba sobre la cama con su pene erecto, le puse el condón y me acomodé para sentarme encima. Me arrodillé con su pene rozando mi ano y bajé mi cintura para ensartármelo dentro. Entró todo hasta el fondo en el primer intento, sabía que #536 no iba a mover su cintura como lo hacen otros cuando los cabalgo, así que me apoderé de su verga y me mecí con ella adentro con movimientos rápidos y sensuales hacia adelante y hacia atrás.

Sabía que no teníamos mucho tiempo, por eso aumenté mi velocidad y puse mis manos sobre su pecho, su cara de placer era muy evidente. Le estimulé su verga apretando mi culo una y otra vez, como un corazón palpitando. Mis contracciones anales dieron como resultado su inminente orgasmo. Mientras jugaba con su pene en mi culo susurró en un tono suave y agitado: “me vengo, me vengo!”. Sus ojos se cerraron y un gemido largo salió de su boca. “Ah! Ah!”, exclamó. Continué moviéndome hasta que dejé de ver expresiones extrañas en su cara y paró de gemir.

Me levanté y vi su semen colgar del condón, lo jalé de su pene y lo llevé en mi mano sin dejarlo de mirar hasta que lo tiré en una caneca que había en su cuarto. Se levantó y me dijo: “Mi papá ya debe estar por llegar”, se empezó a vestir rápidamente, lo cual también me motivó a ponerme la ropa rápido. “Mi papá no sabe que soy gay, pero pronto me iré a vivir solo y le contaré”. Esta última frase me tomó por sorpresa, no habíamos mencionado el tema ni empezado una conversación sobre ello, simplemente lo afirmó de la nada, sospecho que necesitaba contárselo a alguien. Le deseé mucha suerte en su próxima etapa de vida y me despedí, me acompañó hasta la puerta.


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