#602. El auxiliar de vuelo de Avianca

Cuando era niño solía quedarme algunos días en la casa de mi abuelita durante las vacaciones de mi colegio. Había dos parques cercanos, uno de ellos siempre estaba lleno de celadores, hombres haciendo deporte y futbolistas. 

Cuando salía al parque no podía evitar tener pensamientos eróticos con cualquier hombre que me pareciera atractivo. Un día me imaginé chupándole el pene a algún transeúnte que me gustó, y desde entonces no pude sacarme el pensamiento de la cabeza. 

Un tío que para ese entonces ya no vivía en la casa de mi abuela, dejó una gran colección de ejemplares de la revista Soho a la que estuvo suscrito durante años. 

Resulta que a pesar que el target de esta revista son los hombres heteros, en cada edición había varias páginas dedicadas a la publicidad de perfumes y boxers de Calvin Klein, donde aparecían hombres con cuerpos de modelo perfectamente esculpidos.

En mi curiosidad por explorar mi sexualidad, rasgué una de las hojas y me masturbé imaginándome que estaba siendo cogido por uno de esos modelos. Recuerdo vívidamente la imagen de uno de ellos: era rubio, tenía el pelo largo hasta el cuello, su pecho estaba desnudo y su six pack era de chocolatina, tenía puesto un Jean y la expresión de sus ojos era tan penetrante que me masturbé imaginando que estaba siendo follado por esa misma mirada. 

Desde entonces rasgué todas las páginas de la revista que mostraban tipos musculosos para masturbarme, estoy seguro que la empleada vio el arrume de hojas en mi cuarto al menos en una ocasión. 

Tenía 10 años cuando me ofrecí por primera vez, fue en aquel parque donde tuve mis primeros pensamientos eróticos. Llevaba días deseando saber qué se sentía tener el pene de un hombre en mi boca, y una tarde salí al parque para cumplir mi fantasía. 

Recuerdo estar muy nervioso, a mis 10 años cuando ni siquiera sabía qué era el semen ya estaba buscando alguien que me follara la boca. Descarté los tipos que estaban haciendo ejercicio y los que caminaban con afán, pues no quería interrumpir a nadie de sus tareas. 

Vi un hombre de unos 33 años parqueado en un carro al lado del parque. Desde lejos analicé su cara y me gustó, noté que tenía la ventana de la puerta abajo. Era el momento adecuado y el tipo más lindo después de ver viejitos y manes que no me gustaron, así que decidí acercarme. Lo dudé varias veces pero mi afán por probar un pene me impulsó a hacerlo.

Caminé dudoso y nervioso hasta que me paré a medio metro de la puerta del carro, el hombre volteó para mirarme. No había ensayado el discurso, así que le dije lo primero que se me vino a la cabeza: “señor, alguien me dijo que tengo que chupar un pene, ¿Puedo chupárselo?“. 

El hombre se quedó mirándome por un buen tiempo con confusión y lástima, de pies a cabeza, luego negó con la cabeza y subió la ventana. Me imagino el miedo que sintió cuando un niño de 10 años se le acercó para decirle que quería mamárselo, creo que pensó que había alguien esperándolo para arrestarlo o acusarlo de pedófilo. 

Me alejé con la cabeza agachada y fui en búsqueda del siguiente. Vi un celador, se veía tan bien en su uniforme. Estaba sobre una bicicleta sin moverse, aproveché para acercarme despacio, finalmente me quedé quieto y le hice la propuesta.

El celador hizo un gesto de sorpresa, pero después se dio cuenta que le estaba hablando en serio. Me hizo entender que no estaba dispuesto a hacerlo y me fui para la casa, con las ganas de mamar un pene. 

Me pregunto qué hubiera pasado si esa tarde hubiera encontrado un hombre gay o bisexual dispuesto a dejárselo mamar. ¿A dónde me habría llevado?, ¿Me habría tragado su semen?. 


Conocer a #602 resultó ser tan decepcionante como esa tarde. De haber sabido cómo iba a resultar todo, habría preferido ir a mi casa. En primer lugar, #602 me dijo que había reservado una habitación en una residencia el día que separé un espacio en mi agenda de polvos. Pocas horas antes de encontrarnos me citó en unas cabinas, supuse entonces que primero iríamos a las cabinas para divertirnos y luego a la residencia. 

Llegué a las cabinas a la hora acordada y #602 estuvo allí puntual, hacía meses no iba a ese lugar. Apenas llegamos me dijo que quería verme estar con hombres diferentes. Su proposición me tomó por sorpresa, pues nunca me lo consultó antes de vernos, además si estoy con uno o con cien es porque yo quiero, no porque alguien más me lo dicte. 

Como sucede en cualquier sitio gay, hay días donde hay muchos hombres y gran parte de ellos son guapos, así como hay días donde hay pocos y estos son feos. El día que fui con #602 a las cabinas resultó ser un mal día. Había pocos en el lugar y ninguno me gustó, aparte que el servicio fue pésimo, por eso nunca volví.

Después de inspeccionar y no encontrar a nadie que me gustara, terminé culiando con #602 en el baño. La culiada fue deprimente por no decir una pérdida de tiempo, pues tuvo problemas para ponerse duro y no me provocó interés en hacer algo más. La conexión fue nula y quise irme pronto. Sabía que lo de la residencia era una vil mentira.

Poco tiempo después nos fuimos del lugar, y para mi mala suerte nuestra casa quedaba en la misma dirección. Tomamos el mismo transmilenio y me fui hablando con él, me contó que es auxiliar de vuelo de Avianca y pretendí estar interesado en su trabajo de azafato. Me recordó a los aeromozos de aerolíneas gringas que saben de todo menos de servicio al cliente y apenas sirven para decir: “¿Tea or coffee?, ¿chicken or steak?”

#602 rayó en una de mis principales reglas: arruinó por completo mis expectativas y se ganó un puesto en el muro de los peores personajes que hacen parte de este diario.

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